El liberalismo es una corriente de pensamiento en lo filosófico, social, económico y de acción política, que promueve las libertades individuales y el límite máximo del poder coactivo de los gobiernos sobre los seres humanos. Aboga principalmente por:
En cuanto a la política, la ideología liberal encuentra sus bases en Montesquieu y en los padres fundadores americanos; parte del hecho de que no hay personas ni sistemas perfectos, y por lo tanto, el Estado debe ser un conjunto de pesas y balanzas en el que se contrapesen los distintos poderes que ostenta sobre el individuo, para que ninguno pueda devenir en tiranía.
Por tanto, según la teoría liberal, el Estado debe seguir una política de mínima intervención, o laissez faire (en francés, "dejar hacer"). Ésta se sustenta de un lado en la convicción de que cada individuo buscará lo mejor para sí mismo, y del otro en que las relaciones sociales surgidas de este modo tenderán a beneficiar a todos, siendo la labor del Estado corregir los casos en que esto último no se cumpla. Los Críticos del Liberalismo suelen insistir en que la segunda premisa pocas veces se cumple, ya que a menudo algunos individuos logran beneficiarse a costa del resto de la sociedad.
El liberalismo social defiende la no intromisión del estado o de los colectivos en la conducta privada de los ciudadanos y en sus relaciones sociales no-mercantiles, admitiendo grandes cotas de libertad de expresión y religiosa, los diferentes tipos de relaciones sexuales consentidas, el consumo de drogas, etc. Sin embargo sus detractores objetan el hecho de que no considera valores más allá de la propia voluntad, como los valores religiosos o tradicionales.
El liberalismo económico defiende la no intromisión del estado en las relaciones mercantiles entre los ciudadanos (reduciendo los impuestos a su mínima expresión y eliminando cualquier regulación sobre comercio, producción, condiciones de trabajo, etc.), sacrificando toda protección a "débiles" (subsidios de desempleo, pensiones públicas, beneficencia pública) o "fuertes" (aranceles, subsidios a la producción, etc.). La impopularidad de reducir la protección de los más desfavorecidos lleva a los liberales a alegar que resulta perjudicial también para ellos, porque entorpece el crecimiento, y reduce las oportunidades de ascenso y el estímulo a los emprendedores. Los críticos, por el contrario, consideran que el Estado puede intervenir precisamente fomentando estos ámbitos en el seno de los grupos más desfavorecidos. El liberalismo económico tiende a ser identificado con el capitalismo, aunque este no tiene por qué ser necesariamente liberal, ni el liberalismo tiene por qué llevar a un sistema capitalista. Por ello muchas críticas al capitalismo son trasladadas falazmente al liberalismo.
En la discusión filosófica teórica actual, se suele dar el caso de que un pensador coincida a la vez con las posturas del liberalismo social y el liberalismo económico. En la práctica política, es raro que coincidan. En general, el intervencionismo económico y el liberalismo social son característicos de la socialdemocracia y el eurocomunismo mientras que el liberalismo económico y el control social son más característicos del llamado neoliberalismo económico, pero la práctica real de la política obliga a atender a muchas circunstancias, aparte de la propia ideología. Otras políticas, como el comunismo leninista (especialmente en la época de Stalin) y la autarquía franquista combinaban el intervencionismo económico con un rígido control social. También se dan casos de que un mismo grupo de presión pida unas medidas económicas liberales y otras intervencionistas. Por ejemplo, un sector industrial puede reclamar libre circulación de bienes y servicios dentro de un mercado, pero una fuerte protección frente a productores de fuera del país.
Una división menos famosa pero más rigurosa es la que distingue entre el liberalismo predicado por Jeremías Bentham y el defendido por Wilfredo Pareto. Esta diferenciación surge de las distintas concepciones que estos autores tenían respecto al cálculo de un óptimo de satisfacción social.
En el cálculo económico se recurre con frecuencia a la teoría del Homo Oeconomicus, un ser perfectamente racional con tendencia a maximizar su satisfacción. Para simular este ser ficticio, se ideó el Gráfico Edgeworth-Pareto, que permitía conocer la decisión que tomaría un individuo con un sistema de preferencias dado (representado en Curvas de Indiferencia) y unas condiciones de mercado dadas.
Pero existe una gran controversia cuando el modelo de satisfacción ha de trasladarse a una determinada sociedad. Al deber elaborar un gráfico de satisfacción social, el modelo benthamiano y el paretiano chocan frontalmente.
Según Wilfredo Pareto, la satisfacción que goza una persona es absolutamente incomparable a la de otra. Para él, la satisfacción es una magnitud ordinal y personal. Esto supone que no se puede cuantificar ni relacionar con la de otros. Por lo tanto, sólo se puede realizar una gráfica de satisfacción social con una distribución de la renta dada. No se podrían comparar de ninguna manera distribuciones diferentes. Por el contrario, en el modelo de Bentham los hombres son en esencia iguales, lo cual lleva a la comparabilidad de satisfacciones, y a la elaboración de una única gráfica de satisfacción social.
En el modelo paretiano, una sociedad alcanzaba la máxima satisfacción posible cuando ya no se le podía dar nada a nadie sin quitarle algo a otro. Por lo tanto, no existía ninguna distribución óptima de la renta. Un óptimo de satisfacción de una distribución absolutamente injusta sería a nivel social tan válido como uno de la más absoluta igualdad (siempre que estos se encontrasen dentro del criterio de Óptimo Paretiano).
Pero para igualitaristas como Bentham, no valía cualquier distribución de la renta. El que los humanos seamos en esencia iguales, la comparabilidad de las satisfacciones, llevaban necesariamente a un óptimo más afinado que el paretiano. Este nuevo óptimo, que es necesariamente uno de los casos de óptimo paretiano, surge como conclusión lógica necesaria de la Ley de Rendimientos Decrecientes.
Estas dos concepciones radicalmente diferentes dividen al liberalismo entre dos corrientes: una igualitarista y progresista, abanderada por la teoría de Bentham, y otra que no solo tolera, sino que aplaude la desigualdad, de carácter profundamente conservador.
Entre los seguidores de Bentham destacan las tesis del Social-Liberalismo y del Keynesianismo, mientras que de Pareto surge la Escuela Austríaca, defensora del Liberalismo Autoritario y del Anarco-Capitalismo...
Estas corrientes defienden el libre comercio, el Gobierno limitado y la libertad individual.
Después del fracaso sufrido por Europa tras la consulta en referéndum a los estados miembros sobre el “Tratado por el que se establece una Constitución para Europa” sentenciado con el “no” francés del día 29 de mayo de 2005 y como respuesta al “euro escepticismo” imperante; comenzó a perfilarse un Movimiento Europeo Liberal universitario impulsado por el '''Partido Europeo Liberal', un partido reciente en el que convergen estudiantes de derecho y políticas de distintos países de la Unión Europea que han logrado en tres años constituir el mismo partido, bajo unos mismos estatutos en países como España, Inglaterra o Bélgica pretendiendo relanzar un nuevo “liberalismo europeo” como alternativa a la política de los partidos de derecha tradicionales y de la izquierda europeas.
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